16 de marzo de 2009

Chiclayo, n veces...

Subimos hasta la cima del cerro Purgatorio, situado en medio del fértil y cálido valle de la Leche en Lambayeque, rodeado de pirámides de adobe que en la actualidad se asemejan más a porciones de helado de chocolate derretidos bajo el sol. Un camino escalonado me conduce a lo más alto de esta colina de 197 mts. de altura.

Desde la cima, contemplo un vasto complejo arquitectónico, sobre las planicies de Túcume, donde más de veinte templos se alzan frente a las inclemencias del tiempo, desde hace unos 1700 años de antigüedad. Algunos arqueólogos sostienen que fue la antigua capital de los lambayeque. Otros arguyen que fue un centro de peregrinación. Y bueno da igual, porque el lugar es alucinante por donde se le vea.


Este tramo lo hago con un amigo que se encarga de la dirección de cámaras y mientras yo le hablo y le hablo sobre las posibles tomas. Él está más concentrado en hacer tomas que capten ese contraste entre el verdor de los arrozales, las tonalidades de marrón que dominan el paisaje arquitectónico y los azules intensos del cielo que se confunden con el perfil anguloso de las montañas en el horizonte.

De pronto una mujer simpática, de ondulados cabellos color carmín, se me acerca con la pregunta a boca de jarro: “¿Podís tomarnos una foto con tu cámara y enviárnosla? Es que nos robaron y quisiéramos una foto en este sitio tan precioso”. Por un momento pienso del posible país del que viniera. Pero al hablar más, su acento la delata y me hace recordar a Claudia la hermana de un amigo que vive muchos años fuera de Perú. Con unos cuantos disparos certeros retrato a Giannina y Gregoire –chilena y francés, respectivamente. Días antes estuvieron en Huanchaco, ruteando la costa peruana, quedándose dormidos en la playa. Y al despertar, se dieron con la sorpresa que les habían robado la cámara digital, el dinero y otras pertenencias. Cagados, pero aún así esta pareja de mochileros no se amilanó. Decidieron continuar su periplo hacia el norte del Perú y de ahí al Ecuador. Ahora andan más precavidos, quizás algo a la defensiva, admite Giannina. Pero igual tienen ganas de seguir viajando por el mundo y ser felices.